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Barranco: caza de grafitis

  • Foto del escritor: Valeria Vera Miyashiro
    Valeria Vera Miyashiro
  • 25 oct 2019
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 5 dic 2019

Son más como un mural. Como arte, como colores, como expresión humanista, como declaración cultural de una ideología no ortodoxa y, más bien, expositiva.



Una brisa friecita; un sol medio muerto que aún se dispone a prolongar sus rayos templados; calles angostas; casas de fachadas semilimpias; locales de apariencia minúscula con un interior curioso que bien podría tratarse de una cevichería, cervecería o de un negocio estrafalario con artistas sonrientes y de cabellos alborotados como anfitriones, y, por último, yo, desubicada y perdida, en pleno corazón del distrito bohemio de Lima: Barranco.


¿Cuál sería mi objetivo como periodista, esta vez en la garganta garabateada que engulle a los extranjeros, juerguistas y amantes del arte? Pues cazar grafitis, claro.

Lo que primero observo como una conducta iterativa es que no soy la única contemplando las piezas ni la única tomándoles fotos. Porque tampoco soy la excepción en creer que estos “garabatos” son armonía y sintonía entre la noción individual de un credo filosófico y un amor por la libertad de la figura plástica y el dibujo. “Esto es arte”, me garantiza un chico que había parado de andar para ver las formas y colores de un grafiti que solo podría describir como una corriente oceánica de rostros. “¿Vandalismo por dónde? Quien crea eso no ha visto las obras hermosas que hay en Barranco”, continuó.


Don Gato a todo color, divertido, explayado sobre una esquina en la avenida Grau, tampoco se desentiende para los peatones: dos personas se detienen a tomarle foto a ese arbusto de caras felices de uno de los gatos más famosos de la televisión infantil. Este personajillo, sin embargo, no se encuentra inmortalizado solamente en esa pared; por alguna razón, que espero algún día descubrir, esta caricatura ha sido grafiteada en varios lugares del distrito. Es algo así como el logo representativo de Barranco.



Entonces, un par de viejitas en pincel blanquinegro, el rostro de una mujer cortado en tres rebanadas flotantes sobre el infinito, estrellas del rock, un pequeño ovni, una inmensa ola de colores y formas que disfraza la fachada de una casa entera. Acá, en este microdistrito lleno de jarana, del olor viscoso del mar, de turistas muy cómodos con el arte urbano de la comunidad y seducidos por este, de negocios inéditos y de un desorden perceptual bohemio que a muchos les inyecta una dosis de satisfacción, se tiene la certeza colectiva de que los grafitis son murales artísticos y no una muestra gráfica e intolerable del vandalismo callejero, además se coincide que son parte importante de la esencia de Barranco.


Una señora de tacos, gafas y una cola que le estiraba el rostro me dijo ese día —desafiando al estereotipo de lo que es “conservador” y “liberal”—: “yo vivo aquí desde niña y siempre me ha cautivado lo que estos anónimos pueden lograr con un aerosol. Además, me siento orgullosa de vivir en este distrito y sigo aquí porque quiero que mi hija también crezca rodeada de esta magia que no va a encontrar en ningún otro lugar de Lima”.

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