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Soldados con cámaras

  • Foto del escritor: Valeria Vera Miyashiro
    Valeria Vera Miyashiro
  • 15 nov 2019
  • 2 Min. de lectura

“Morir para contar” es el título del documental dirigido por Hernán Zin que describe en una frase lo que, a fin de cuentas, termina siendo el trabajo de un corresponsal de guerra: vivir en un riesgo constante con el objetivo de informar a las personas sobre la realidad de esos países y esas personas que viven en medio de conflictos armados.



Un corresponsal de guerra, en el frente, no es solo un comunicador ni el responsable de grabar un terror que podríamos calificar muchos como lejano, sino se convierte en la sombra de un soldado, en la sombra de un rifle, de un atentado, hasta de una muerte. El reportero es el encargado de someterse a la exposición de una guerra para precisarles a las personas el dolor, la miseria y la pérdida que se vuelven tangibles en las zonas de conflicto.



"Tenemos un trabajo que tiene una utilidad social muy importante, muy relevante, que creo que puede —o debería poder— evitar que se repita la historia”, opina Mónica García Prieto, periodista española y reportera internacional que ha cubierto importantes conflictos alrededor del mundo.

El caso de García Prieto es complejo a la vez que conmovedor. El respeto y pasión que le tiene a su trabajo la llevó a enamorarse de Julio Fuentes, quien murió en el 2001 en Afganistán cubriendo la lucha armada, y luego volvió a casarse con, el también corresponsal de guerra, Javier Espinosa. Espinosa, por su lado, fue víctima de un secuestro en Siria, donde permaneció por más de seis meses en manos del ISIS (Estado Islámico de Irak y Siria). Antes de su captura, Mónica García Prieto le había pedido que huyera de Siria porque sus hijos lo necesitaban vivo; sin embargo, él le respondió que "los niños sirios necesitaban la atención del mundo" (El País, 2013).



Como se evidencia en el documental de Hernán Zin, el riesgo que corren los corresponsales de guerra se perfila en paralelo con el que corren los soldados en batalla; pero la realidad de su terror va más allá de la zona de conflicto: los sigue hasta su casa.

Es difícil tener familia, pareja, amigos, porque nadie comprende su trabajo. Y muchas veces se quedan solos, atemorizados por las multitudes, los espacios abiertos o la noche porque “la guerra tiene algo muy nocturno: la oscuridad, los miedos”, (Zin, Morir para contar, 2018).


Es un oficio en el que se pierde mucho, pero en el que no muchos periodistas hablan de ello. David Beriain, reportero internacional, explica muy bien el porqué de este fenómeno que enmudece a los contadores de historias reales: “nos parece obsceno hablar de nuestro dolor cuando hemos visto lo que hemos visto del dolor ajeno”.

Estos civiles que viven la vida de un militar permanecen con shocks postraumáticos por siempre, sin embargo continúan persiguiendo la guerra a través de sus cámaras y de sus letras porque tienen la certeza de que su trabajo es imprescindible para la sociedad y, como se refirió el fotoperiodista Ricardo García Vilanova en una reflexión sobre la importancia de la corresponsalía de guerra, “la sociedad ha de exigir que exista una cobertura para que puedan generarse los cambios de los que el periodismo, como servicio público, es responsable al ser el vehículo transmisor de la realidad”.

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