Luego de la amistad, las historias y los logros
- Valeria Vera Miyashiro
- 25 oct 2019
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 5 dic 2019
“Permiso para retirarme”, titula Alfredo Bryce Echenique al tercer tomo de sus antimemorias, un nombre elegante, hidalgo: la medular despedida de un escritor de calibre internacional.

Con la mirada perdida en un sueño; con el dedo medio encallado sosteniendo a la ligera el bolígrafo; con hojas entre tinta y trazos que parecen bailar a la armonía de una partitura lenta. Alfredo Bryce Echenique se encuentra navegando hipnotizado —como en pausa ante la realidad profana— por una dimensión llena de letras, probabilidades escénicas, personalidades ficticias y la vida escrita de un niño rico: Julius.
Así es como inicia la historia de uno de los escritores peruanos más reconocidos de la última era.
Fue en París, donde el novelista, cuentista y articulista escribió Un mundo para Julius, su obra más celebérrima. Vivió en Francia, ahí por los años sesenta, para especializarse en Literatura francesa clásica y contemporánea en la histórica universidad parisina La Soborna.
También hizo amigos, dos escritores: Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro. “Me daba a leer cosas suyas y yo le daba a leer cosas mías, nos aconsejábamos mutuamente”, comentó sobre su íntimo amigo, Ribeyro, con quien mantenía una 'relación literaria'. El par de prosistas continuaron su amistad hasta la muerte del autor de Los gallinazos sin plumas en 1994 y Bryce Echenique persiste haciendo público el afecto sentido que le tuvo y sigue teniendo al 'flaco' Ribeyro, porque su equidistante relación trataba, además, sobre el apoyo letrado, el núcleo de un amor comprendido y los consejos enviados en vaivén respecto a sus obras.
Alfredo Bryce Echenique se educó en Francia: capital de varios de sus cuentos y de su profesión como docente; pero, siempre consideró al Perú como su verdadero nido, en el que nació y, junto a él, la sangre artística que le suministró la literatura latinoamericana: “El Perú para mí se ha convertido en mis amigos y ciertos paisajes”, fue lo que dijo hace poco para el el diario Expreso.
Su país significa su identidad, cómo se refleja sobre las hojas que escribe; por eso es que eligió al Perú para dar noticia de su jubilación como escritor. Afirma que ya no le provoca tanto escribir, ni siquiera leer, confesó, y que vive su vejez entre los placeres de las películas, las caminatas y las reuniones con amigos.
Es entonces, por una cuestión de paz y de disfrutar de la tranquilidad sus ochenta años de edad, que ha lanzado la publicación de su tercera antimemoria (Permiso para vivir -1993 y Permiso para sentir -2005), Permiso para retirarme, un texto autobiográfico en el que se proyectará en sintonía reversa hasta los días de su infancia.
Esta es una despedida que, sin duda alguna, queda en nuestro deber de comunidad costumbrista y cultivada el leerla. Adiós, Alfredo Bryce Echenique, maestro peruano de las anécdotas inventadas; estos cincuenta años de tus trazos, estos treinta textos de tu autoría serán por siempre parte de la memoria de tu patria.



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