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Todas las páginas de un periodista

  • Foto del escritor: Valeria Vera Miyashiro
    Valeria Vera Miyashiro
  • 15 nov 2019
  • 3 Min. de lectura

Cuando un periodista le abre las puertas a otro periodista y le cuenta su vida más allá de la profesión. Cuando deja de ser el que hace las preguntas para ponerse sobre la lupa. Cuando habla por primera vez sobre él y no sobre alguien de interés público.

Renzo Gómez, periodista de Domingo, cuenta por primera vez su vida para que sea contada.


–Para mí, el periodismo es una excusa para hacer cosas.

La voz que siempre usa –esa marea calurosa de vibraciones energéticas que van por su garganta–, al tocar el aire de la intemperie, se transforma en una voz de señor viejo, de señor importante, incluso, voz de tenor.


Pero, cuando ves a Renzo Gómez, no crees que pueda ser nada de esas cosas.

Su piel, una mezcla de chocolate con miel, es lisa y no revela ninguna marca. Sus pequeños ojos son un par de castañas oscuras, muy oscuras y muy pequeñas. Pequeñas sobre todo en ese rostro inflado, gordito, más bien. Y, cuando ríe, flaquea su tono serio y, en vez de salir esa gruesa voz, es una sorpresa escuchar la carcajada libre que brota.

Este periodista ama su profesión y no se queja cuando se queda hasta la madrugada escribiendo. “Lo vale”, dice. Ser un esclavo del periodismo es algo común, pero ser un esclavo de las letras no lo es realmente. Renzo es un siervo de las historias y de las palabras bonitas.


Hay que aclarar, también, que siente que lo vale porque utiliza el periodismo para hacer cosas nuevas, para “sacarse el clavo”. Ya ha hecho crónicas sobre cesáreas, sobre un teatro de títeres, sobre una comunidad que lucha por la castidad antes del matrimonio, sobre la chica conocida como la “más fea del mundo” que aprendió a amarse. Temas que le interesan, aunque la razón por la que eligió hablar sobre las cesáreas es un enigma.


Una historia que es necesario recalcar es la vez que hizo una crónica sobre las personas adultas que recién aprendían a montar bicicleta. Un ejemplo que puso fue el de un veinteañero, otro fue sobre un señor anciano y el último personaje sobre el que escribió fue él mismo. Agarró la excusa de hacer una crónica en el diario para aprender a hacer algo que nunca antes había hecho.


Eso es aprovechar la carrera.

Renzo Gómez no es un viejo. Renzo Gómez no es importante. Renzo Gómez no es un tenor.



Aunque, él dice que ha envejecido demasiado en este año. También dice que él no es cantante, pero su hermano es intérprete de ópera. Y, aunque su nombre aún no sea importante, por su escritura y su prosperidad, se podría decir que algún día lo será.

Pero no vayamos tan lejos aún.

En la actualidad, Renzo Gómez escribe crónicas y perfiles en la sección semanal de La República llamada Domingo, ha escrito como freelance en la reputada, y ya inexistente, Etiqueta Negra, ha comenzado a desarrollar su revista digital de deportes y es el autor de “Benditos”, el libro periodístico que habla sobre el fútbol en el Perú y su llegada al Mundial de Rusia 2018.


El salsero


Su sonrisa es pequeña, sus dedos se entrelazan y su anillo favorito lo lleva en la mano derecha. Una calavera de acero pesa sobre el dedo del medio. Ese anillo –símbolo de Hector Lavoe, como lo llama él– lo lleva con especial apreciación, a pesar de que no pareciera ser el modelo de hombre que llevaría una alhaja tan llamativa.


–Hector Lavoe es la razón por la que me enamoré de la salsa –Renzo ama la música, especialmente la salsa.



–Pero, tengo la percepción de que a mí me gusta la música que nadie conoce.


Más que nada, salsa. Pero también escucha un poco de todo. Y bien que le gusta bailar el reguetón en las fiestas. Sin embargo, como él dice, la música variada que él adora solo él la oye. No puede mantener una conversación sobre uno de esos artistas con alguien porque nadie entiende de qué está hablando. Quizás eso lo frustra, o quizás le guste tener ese conocimiento que nadie o pocos tienen.


Es creíble su pasión. De hecho, hizo un perfil entero sobre un sonero que vivía en su Fiat ochentero. Y, también de hecho, tiene en su repertorio un gran montón de perfiles y crónicas relacionados a la música.


Lo persigue. Así sea la salsa, la música criolla o la ópera. Su familia y él siempre han sido musicales. Su padre tenía una banda, su tío tocaba rock psicodélico y su hermano es tenor. Se entiende ahora el porqué de esta profunda y arrulladora voz que posee Renzo.

Pero él no es cantante. Aunque cualquiera diría que sí.

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